Trabajamos junto al muralista chileno Alejandro "Mono" Gonzalez en el marco de la Segunda Bienal Universitaria de Arte y Cultura de 2012.
jueves, 17 de enero de 2013
viernes, 8 de abril de 2011
Memoria en la pared
UN MURAL EN LA ESCUELA
Nota publicada en Página 12 del 25 de Septiembre de 2005
Esta semana, al cumplirse un año de la masacre de Carmen de Patagones, un mural de 40 metros cuadrados, que tiene 14,60 metros de largo y cuatro de alto en su parte más elevada, será inaugurado en la fachada de la Escuela de Educación Media 202 “Islas Malvinas”, de Carmen de Patagones, para recordar a los tres chicos asesinados por un compañero de curso. El trabajo, que comenzó a realizarse este fin de semana, se hará en bajo relieve y tiene la pretensión de ser una obra perdurable, que resista el paso del tiempo. “El mural tendrá un carácter simbólico, sin figuras humanas reconocibles, y muchos de los símbolos han sido sugeridos por los chicos que vienen a la escuela”, informa a Página/12 la docente platense Cristina Terzaghi, quien encabeza junto con su marido, Fernando Arrizurieta, un grupo de muralistas que ya ha realizado obras en otros lugares del país y de América, entre ellos Cuba, Paraguay y México. “Yo, aunque no soy psicóloga, soy docente, a los chicos los vi bien, muy participativos. Bien.” Terzaghi cuenta que los chicos, en los dibujos que le entregaron a ella como ideas para incorporar al mural, siempre incorporaron a sus compañeritos asesinados por Junior: “A veces son tres pececitos, tres ángeles, tres corazones”.
Terzaghi organizó varias reuniones en las cuales fue tomando contacto, en grupos de cien, con los 400 chicos que concurren al colegio. “Algunos se fueron sin aportar nada, pero la mayoría quiso estar presente en el homenaje.” En la primera reunión sólo se habló acerca de la técnica para realizar los murales y se les mostró un video sobre el tema. En las siguientes, luego de superar la reticencia inicial, los chicos comenzaron a hacer sus aportes. “En los dibujos de los chicos aparecen algunas cuestiones fuertes, como el rechazo a la discriminación (gordos y flacos junto con representantes de diversas razas), la idea siempre presente de que tienen que estar unidos entre ellos y también el dolor, por medio de ojos llenos de lágrimas”, explica Terzaghi.
“Al principio no decían nada. Después empezaron a poner el cuerpo, empezaron a comunicarse. Yo los veo bien, doloridos, pero bien. Han podido expresarse, algunos a través de dibujos y otros escribiendo algunas líneas. Yo creo que el arte, donde se instala, modifica, y creo que en ellos, algo pudo modificar.” De las reuniones sólo participaron los alumnos. Los docentes de la escuela nunca se acercaron a las reuniones, aunque fueron expresamente invitados. Según Terzaghi, en los escritos o dibujos entregados por los chicos aparecen características comunes, algunas diferencias y también puntos de contacto.
“Los chicos que murieron aparecen siempre: son tres figuras que parecen estar reparando un muro que se rompió, tres pececitos en una pecera, tres corazones que simbolizan el amor o tres ángeles. También aparecen árboles de la vida. Hay una gran necesidad de expresar vida. También aparecen figuras humanas que no tienen ni pies ni manos. Está claro que ellos están expresando dolor, pero también la intención de superarlo, de hacer un esfuerzo para lograr ese objetivo.” La docente platense cree, por eso, que “el balance ha sido positivo”.
En los dibujos y textos hay un gran ausente: Junior, el chico que en un inesperado ataque de furia terminó atacando a balazos a sus compañeros de curso. “Nadie tocó en forma expresa el tema de Junior. No tiene lugar, ni bueno ni malo. En una de las charlas, algunos chicos se atrevieron a decir que en algún momento, no ahora, podrían llegar a perdonarlo. Otros, sin dejar de rechazar lo que hizo, comentaron que Junior es un ‘producto de la sociedad’ en la que vivimos. En los chicos vi el dolor, pero no aparecieron ni la furia ni la depresión. Por eso digo que no los vi mal, pero insisto, yo no soy psicóloga.”
martes, 15 de marzo de 2011
viernes, 24 de diciembre de 2010
Palabras en el muro
De las veces que cayó detenido pintando murales prefiere no hablar. Recuerda, sí, que lo complicado era huir en los pueblos desconocidos, adonde llegaban a pintar sin tener claras las vías de escape. Alejandro “Mono” González, referente de las brigadas de muralistas del Partido Comunista Chileno que forjaron un estilo de pintura mural inédito –a partir de los materiales precarios que utilizaban, la falta de formación académica y la necesidad de pintar contra reloj y durante muchos años clandestinamente– prefiere hacer hincapié en las épocas gloriosas del gobierno de Salvador Allende, cuando las brigadas llegaron a ser 110 en todo el territorio chileno, cada una formada por entre 8 y 10 integrantes y definieron su identidad bajo una coordinación que les permitió unificar criterios. O bien elige centrarse en los últimos años, en que esa experiencia despertó el interés de nuevas generaciones de artistas y estudiosos, quienes aportaron nueva bibliografía para relatarla, describirla, interpretarla.
González cuenta estas cosas apenas termina de pintar el mural que le encargaron en la cátedra de Muralismo y Arte Público Monumental de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, la única de su tipo en el mundo. La obra ocupa 100 metros cuadrados en la galería Salvador Allende del edificio de la sede Fonseca de la Facultad de Bellas Artes de la UNLP y fue pintada durante la Primera Bienal de Arte y Cultura. Según Cristina Terzaghi, fundadora de esa cátedra, mientras trabajaba, González transmitió sus experiencias y conocimientos a los alumnos, reafirmando “la vigencia del muralismo como herramienta para la transformación social”.
Integrante de las Brigadas Ramona Parra del P. C. chileno, de la que llegó a ser director artístico, González es considerado un protagonista central del nacimiento de un estilo que logró instalarse en la historia con un sello propio. “A diferencia del mural mexicano, que estaba hecho por artistas, en las brigadas de muralistas chilenos había estudiantes, obreros, gente que aprendía a pintar sobre la marcha. Esas agrupaciones nacieron en la lucha popular, porque se necesitaban especialistas que pudieran racionalizar los materiales y estar siempre listos para salir a pintar. Esto ocurría cuando los muros representaban el único medio del que disponía la izquierda para difundir sus ideas. Al principio se salía a rayar las calles con mensajes políticos directos, pero con el tiempo se empezaron a pintar imágenes. Y se fue forjando un estilo, caracterizado por los colores fuertes, el trazado a negro y la reiteración de ciertas figuras (la paloma, la mano, la bandera) que representan las luchas del pueblo y la alegría que esas luchas inspiran. Poco a poco, los murales comenzaron a transformarse en una bitácora del día a día de la vida social de los barrios. Y nosotros, en predicadores que aprendíamos en el terreno a utilizar la brocha con un objetivo: el de enamorar a la gente con la idea de una sociedad distinta”, cuenta apasionado González, quien se desempeñó como director artístico de la Brigada Ramona Parra entre 1970 y 1973, cuando era estudiante de arte.
Sin embargo, su relación con la actividad se remonta a su primera infancia. Tenía ocho años cuando salía con su padre a pintar paredes a la cal, siempre pendientes de los carabineros y desempeñando la tarea asignada a los “cabros” (chicos): orinar en los baldes donde se preparaba la pintura para lograr que ésta se cristalice y se fije mejor a las paredes. Más tarde agregaron al compuesto una tierra de color que se preparaba con agua y después un elemento que se obtenía de la cáscara del trigo desechado en los molinos harineros.
La brigada Ramona Parra, cuyo nombre recuerda a una militante muerta en 1946, nació en 1968. Sus primeros murales comenzaron a pintarse cuando se propuso a Pablo Neruda como candidato presidencial de la Unidad Popular y se extendieron a nivel nacional cuando Salvador Allende fue designado candidato para las elecciones de 1970. Durante el gobierno de Allende las brigadas alcanzarían un grado de organización inédito en el marco de una marcada efervescencia política, multiplicarían sus ambiciones estéticas y plasmarían en numerosos murales, destinados a celebrar la alegría del cambio social, el estilo forjado en años de lucha.
Entre los años 1971 y 1972 el pintor surrealista chileno Roberto Matta –radicado en Europa y que había obtenido reconocimiento mundial– se interesó por el fenómeno, lo que le dio al estilo proyección internacional. Desde entonces, muralistas chilenos pintaron en distintos países. En el caso de González, plasmó algunos de sus murales en Holanda, Francia, Italia, Cuba, Perú y Ecuador. Más tarde, el golpe de estado contra el gobierno de Allende truncaría la experiencia. Muchos muralistas resultaron detenidos, exiliados o muertos. Y la gran mayoría de sus trabajos fueron borrados.
“Se produjo un vacío histórico durante muchos años”, dice González, aunque reconoce que con el paso del tiempo y la irrupción de nuevas generaciones renació el interés por estudiar aquella experiencia desde lo artístico, pero también desde lo social. Muchos trabajos que comenzaron como tesis de estudiantes interesados en el tema se convirtieron en libros y páginas web hasta dar forma a una bibliografía creciente, en los últimos años, en la que destacan títulos como Puño y letra , de Eduardo Castillo; Un grito en la Pared , de Mauricio Vico y Mario Osses o Los Trovadores de la Imagen , de Sabrina Cuadra.
Ese renacimiento del interés entraña también sus peligros, opina González: “el mural de las brigadas es una forma de expresión popular que se forjaba dialogando con la gente. Y hoy el gran problema que encontramos los que somos muralistas, pero también militantes, es que el mercado quiere adueñarse de ese estilo para hacer campañas publicitarias. Frente a esto nosotros seguimos pintando. No con nostalgia, sino para estimular las luchas sociales”.
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